martes, 30 de septiembre de 2008

SiReNa VaRaDa



Sólo puedo mejorar desde lo que soy. Partir de lo que se es, es el truco para poder cambiar a mejor. Evolucionar. ¿Qué soy? Soy una sirena. Estoy en el mar, pero me siento como un pez colorado encerrado en una pecera tan pequeña que aun con mis aletas y mis branquias me ahogo aquí dentro. Me ahogo al ver, tras el transparente cristal, tras esos muros de piedra, el inmenso mar. No me reconozco en mis escamas, en mis burbujas, en mis miserias. Llevo un tiempo tan estancada, que no consigo superar el invierno. El agua fría que es, me recuerda al cálido mar que podría ser. Y quizá no mejoro porque no sé lo que soy. Ya no sé si soy pez o soy humana. Si me quedé en pez para siempre, o de un coletazo podré romper esta cárcel invisible. No hay cadenas peores que las que nos imponemos nosotros mismos. Esos muros que me separan del mar hoy, los construí yo misma ayer. Pero sé que mi salto allá afuera no tendrá marcha atrás. Y el miedo paraliza mis músculos, mi aliento, mi iniciativa. Y el agua en la que me estanco parece, si no estoy alucinada... Que me incita a saltar...

lunes, 29 de septiembre de 2008

AceITe y ViNaGrE



La vida viene con aceite y vinagre. Sólo que en la vida, al contrario que en las ensaladas, cuando ponemos de uno, automáticamente quitamos del otro. Todo lo que pasa, la vida, los días, los ratos, el tiempo siempre vivo, hay que aderezarlo. Todo el tiempo, y todo lo que pasa en ese tiempo. Y la vinagreta de la vida, se llama importancia. Una aceitera quita importancia, ve el vaso medio lleno, es optimista. Una vinagrera, pone importancia, ve el vaso vaciándose, y es más bien pesimista. Todos tenemos en la cabeza una de cada: aceitera y vinagrera. Como buenos chefs, o malos, (la vida no te pregunta si quieres vivir de mayor, sólo vives o no vives) aderezamos los acontecimientos de la ensalada vital como nos va pareciendo. Para qué negar que a mí personalmente me gusta la ensalada con mucho vinagre. Tanto, que a veces se me olvida el aceite. De pequeña, me bebía el vinagre directamente de la botella, porque me encantaban los escalofríos que sentía debajo de la lengua, y esa loca segregación de saliva en la boca, que parece que va a explotar de emoción. Hoy el vinagre en la vida no me parece igual de divertido que en mis primeros años, porque me produce una cierta acidez en la boca del estómago, un regurgitar de extrañas sustancias que me irritan las entrañas. Esas preocupaciones constantes por los problemas, que a veces parece que nos inventamos para no estar mucho tiempo sin probar el vinagre existencial. Sin embargo, me he dado cuenta de que esta ensalada de cada uno no se aliña en soledad. Otros contribuyen. Otros aportan de su aceitera y vinagrera, nuevos matices al sabor de fondo de nuestra vida. Personalmente, en el transcurso de mis días, me he percatado de la maravillosa existencia de personas en mi vida que se preocupan por echar un chorrito de aceite a mi vida, para suavizarla, y ahorrarme el escozor de mi tracto digestivo. Mi familia tiene un aceite de oliva de sabor especialmente suave, que neutraliza el más puro vinagre de vino, estridencia insoportable para mis papilas gustativas que en seguida se queman y no me dejan saborear la vida. En otra esquina de la ensaladera, se cuelan mis amigos, esas personas fantásticas que están a mi lado, a veces no sé muy bien a cambio de qué, para ayudarme a conseguir un perfecto y equilibrado sabor día a día. Así, cuando destilo vinagre por los poros de mi piel, inmediatamente lo huelen y en un par de horas hacen que todo sepa menos agrio, menos ácido, más amable y digerible para mi obsesivo coco, que es el órgano que acaba por digerir todas las ensaladas. Creo que nunca podré corresponder a tal aportación de dulzura y comprensión en mi vida, porque nunca sabré qué es lo que aporto yo a sus ensaladas. Supongo que, si todos venimos con aceitera y vinagrera y yo gasto en mí misma casi todo mi vinagre, utilizaré el aceite para los demás. Igual que posiblemente les pase a ellos, que siempre tienen aceite disponible para mí. Si sólo les resulta una décima parte de reconfortante a la hora de tragar los malos ratos, creo que doy por bien empleado mi aceite.

miércoles, 17 de septiembre de 2008

El LoDo


Mi horóscopo chino es el cerdo. Nunca me gustó, desde el día en que lo supe. Cualquier otro animal me parecía más apetecible: el fiel perro, el temible dragón, incluso la cabra loca. Pero, ¿qué cualidad tiene el cerdo que lo vincule a mí? Nunca lo entendí... Hasta hoy. Hoy, de repente, un día de septiembre, creo que por fin lo entiendo: soy cerda, porque me encanta revolcarme en la mierda. Y no en cualquier mierda: en mi propia mierda. Debo de encontrar un retorcido placer en pasar mil y un veces la misma película angustiosa por mi cabeza para volver a estremecerme en los momentos de más tensión, sin tener si quiera la delicadeza conmigo misma, por no decir la picardía, de taparme los ojos con las manos para no volver a sentir un vuelco en el corazón. Porque, aunque uno ya sabe lo que le espera, ya sabe “lo que pasa”, sigue notando esa angustia extraña, que antes era por lo desconocido, y ahora por lo emocionante y tremendo aun conocido. Y quizá aquí esté el nudo a desentrañar. No sé el resto de personas, porque nunca tendré la oportunidad de salir de mí misma antes de morir, y nunca sabré qué pasará entonces, hasta que pase, pero por muy manida, maloliente y putrefacta que sea una pena, siempre encuentro el momento de sacarla del recóndito hueco de mi alma donde se halle, y me vuelvo a embadurnar y refocilar violentamente en ella hasta que me duelan todos los huesos del cuerpo, hasta que me duelan los ojos anegados de lágrimas. Nunca seré capaz de desatar una pena hasta que no llore por ella. Nunca la dejaré marchar hasta que no la deje correr por mis mejillas, hasta que no me robe un par de noches, hasta que no me haga sentir profundamente desgraciada. Ayer lloré una pena, y al hacerlo, el nudo se deshizo. Al revolcarme en el oscuro lodo de las alegrías pasadas que no volverán, las risas que se tornan oscuras porque están en un pasado estanco que no puede ya ser continuo, al retozar en nuestras risas, en tu risa, en mi risa, en tus ojos, en mis ojos, en nuestras miradas, me revolqué en nuestro lodo. Creí por un tiempo que ese lodo se tornó ya en tierra fértil, donde crecía algo bonito, lejos de la tristeza, creo que lo llaman amistad. Pero me di cuenta de que seguía siendo lodo infecto. Y, como buena cerda, tuve que revolcarme en él. Me atrajo como atrae un imán las limaduras de hierro. Como la miel a las moscas. Como una minifalda las miradas hambrientas. Como el morbo a las vidas aburridas. Me sumergí en lo que pudo ser y no fue. Ése es un lodo muy hostil, proveniente de las más bajas horas, del peor ánimo y de insoportables noches en vela. Un lodo macerado durante mucho tiempo y después olvidado, sin haber tocado en meses una pizca de aire fresco. Una porquería infecta con un olor y una textura sin parangón. Y mis lágrimas fueron agrias, por llorar sobre un pastel azucarado. Sobre la perfecta percepción que nos deja el tiempo de todo, para hacernos la vida más llevadera. Esa palmadita en la espalda de la memoria selectiva. Los dulces recuerdos hacen un lodo mucho más amargo y pestilente, en el cual ayer, me sentí una cerda. No podía salir de aquella poza. No sin llorar amargamente y sacar de mi repertorio las más tristes canciones. Sin embargo hoy, triunfal, y contra toda predicción de aquel que no sea cerdo, creo que empiezo a olvidarte de nuevo. Me metí en el mar rebozada en pestilente lodo, y el agua salada se lo llevó todo, el lodo, mis lágrimas, y un trocito de mi pena. Empiezo a darte por olvidado. Porque ya sé “lo que pasa”, sé lo que viene, sé lo que significa que ya no estés cerca. Y cuando viene ese trozo angustioso de la película, después de haberlo visto un centenar de veces y sabérmelo de memoria, cojo el mando a distancia y lo paso a toda velocidad. No quiero mirar lo que sé que no me agradará ver. Así que te dejo detrás de mí, a mi espalda, donde no tengo ojos. Y te llevaré siempre ahí, como un trocito de piel, como un lunar, como una mancha de nacimiento, una mancha del lodo que no se llevó la mar, y me recodará lo maravilloso que fue compartir unos días de mi vida contigo. Te quedaste debajo de mi piel, y sé que me dolerás como un reuma los días invierno, y cuando cambie el tiempo de una a otra estación, de una a otra relación, de un día verde a un día gris. Serás, ahí debajo de mi dermis, un pedacito de mí, de quien soy, de quien era al estar contigo. Y pasarás a formar parte del delicioso lodo del olvido, en el que no me acordaré de revolcarme hasta que me duelas de nuevo.

"Antes al recordarte me inquietaba, hoy me inquieto al saber cómo te recuerdo" J. Rubí




Se me había olvidado a qué huelen tus abrazos. Lo olvidé, lo olvidé todo. Se me había olvidado a qué sabe tu sonrisa. Se me olvidó recordarlo. Y ahora frente a mí no puedo parar de acordarme de cuánto te eché de menos sin acordarme de echarte en falta. Y cuánto tiempo me queda para echarte de menos, aun cuando se me olvide que algún día te eché de más. No sé dónde guardé tanto cariño durante tanto tiempo sin darme ni cuenta, pero hoy lo saco todo de mis cajones, y no puedo dejar de pensar en todo cuanto te quise. Este nudo que me impide tragar detrás de mi lengua, me recuerda a muchas sensaciones enterradas en el más profundo olvido. Sensaciones anestesiadas durante meses. El sentido adormilado del sentimiento que no tiene razón de ser, pero es. Porque sin querer recordarte hoy ya no puedo parar de pensar en ti. En todas las piezas rotas de un puzle que ya no tiene solución. En piezas que no encajan y personas que sí lo hacen. Una tibia gota de agua en mi mejilla me ayuda a recordar que hay situaciones que superan a las personas, y personas que no pueden más que olvidar para superar las situaciones. Para seguir adelante, para seguir viviendo. Para volver a olvidarte, para olvidarme de recordarte, para poder olvidarme de la persona que fui estando contigo. Hoy soñaré con tu sonrisa, pero mañana espero soñar con tu olvido.